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30.04.2014

Javier de Isusi

La obligación de contar

He visto ballenas llega en un momento en el que “la cuestión vasca” se pone especialmente de actualidad creativa. Ven la luz obras que desde los más diversos ámbitos y tonos están tratando los últimos tiempos esta temática. “El ambiente social y político ahora es diferente y permite nuevas miradas que hace unos años eran imposibles”, comentaba recientemente Ramón Zallo, catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad del País Vasco, entrevistado por Carlos Borra en el diario Deia. Javier de Isusi, en su caso, ha desarrollado un laborioso trabajo de documentación para crear una historia con tres protagonistas encarnados por un ex miembro de ETA, un preso de los GAL y un sacerdote cuyo padre fue asesinado por ETA décadas atrás. La posibilidad de dejar el proyecto en un cajón si el resultado no le satisfacía “estaba ahí hasta desde el principio”, reconoce el autor bilbaíno, pero finalmente sintió haber dado “con la obra que tenía que hacer”. La respuesta estará en librerías el día 16 de mayo en sendas ediciones en castellano y también euskera, bajo el título Baleak ikusi ditut.


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ENTREVISTA:JAVIER ZALBIDEGOITIA

Se intuye que ha debido ser un notable papelón meterse en una narración como ésta que encabezan una víctima de ETA –un sacerdote cuyo padre fue asesinado–, un ex-etarra y un antiguo miembro de los GAL, estos dos últimos, encarcelados ambos en el mismo penal...
Papelón... sí... Bueno, a lo mejor algo menos de lo que puede parecer a primera vista. Este cómic surgió a partir de una historia real que me contó mi hermano y que es la de un preso de ETA que estando en la cárcel en Francia llega a conseguir encontrarse como persona –y no como enemigo– con un preso del GAL. Me impresionó hasta ponerme los pelos de punta; aquella pequeña historia contenía dentro de sí la clave de la reconciliación y me pareció que merecía la pena ser contada. A partir de ahí, lo principal era dar con el tono justo que me permitiera adentrarme en ella de manera honesta, que además es la única manera –creo– de evitar esa sensación de “papelón”. Por eso, aunque me he atenido en lo esencial al suceso real, en ningún momento he pretendido hacer una narración histórica o periodística ni intentado contar qué les ocurre a terceras personas que están muy lejos de mi experiencia vital, eso excedía con mucho mis posibilidades. Los personajes que aparecen en el cómic son inventados y aunque para hacer el cómic me he documentado bastante, donde más he rebuscado ha sido en mi propio interior: ¿Cómo me sentiría yo si estuviera en esa situación? Era la pregunta que me hacía continuamente al intentar ponerme en la piel de unos y otros personajes.

¿Estamos ante una de esas historias que tú, como creador, has sentido que necesitabas sacar fuera?
O más que necesitaba sacar fuera que me sentía impelido a sacar fuera. La realidad de la violencia en Euskadi me ha tocado vivirla desde pequeño porque soy vasco pero la verdad es que mi contacto real, tangible, con ella ha sido muy tangencial, nunca he sentido en mi entorno más cercano la opresión policial ni la de ETA. Jamás sentí esa generalización que tanto gusta en ciertos medios de comunicación de que en Euskadi se vivía con miedo, que no podías decir libremente tus opiniones... Con esto no quiero decir que eso no haya existido (o exista aún en algunos ambientes) ni pretendo minimizar la tragedia que tantos han vivido y en algunos casos siguen viviendo en Euskadi, simplemente digo que yo no la he vivido en mi propia carne ni en la de mis conocidos, y por tanto, no necesitaba sacar una historia sobre este tema a modo de catarsis; más bien cuando la historia me llega, automáticamente siento y pienso que precisamente por esa lejanía relativa puedo servir de vehículo para sacarla a la luz, aun siendo consciente de todas mis limitaciones.

No ha debido ser en todo caso fácil construir el guión hasta encontrar el camino... ¿Te has llegado a preguntar en algún momento del proceso “por qué me habré metido en semejante jardín”?
Cuando empecé a valorar la idea de hacer un cómic con esta historia, me venía a la cabeza el pensamiento –comprensible– de que me estaba metiendo en un terreno muy resbaladizo y que qué necesidad tenía de hacerlo. Hay muchos condicionantes evidentes de índole política, social y personal que me hicieron decidir que esta historia sólo la iba a contar si me salía sola; si daba con las personas adecuadas que me pudieran guiar por ella, si estas personas estaban dispuestas a acompañarme, y si el guión fluía sin esfuerzo. Me dije que si empezaba a ver que se estancaba o que no fluía no iba a empecinarme con ella. Me dejé llevar sobre todo por la intuición, por lo que me salía natural, sin intentar forzar nada y... bueno, efectivamente el primer esbozo de guión casi podría decir que salió solo y sin apenas esfuerzo.

El matiz alejado del blanco o negro, de posiciones maximalistas, aunque no por ello se deje de profundizar sobre una materia política y emocional delicada, resulta evidente en He visto ballenas. ¿Es algo que buscabas de manera consciente?
No necesitaba buscarlo de manera consciente, forma parte de mi manera de ver las cosas, en este tema y en cualquiera. No podría haberlo hecho de otro modo sin traicionarme.

“LOS MATICES, LA CLAVE DEL ASUNTO”

¿Ha sido un proceso arduo de reflexión a la hora de armar el guión, de pulirlo, y componer tanto las situaciones como la personalidad de los actores del relato?
Ha sido muy laborioso, desde luego, pero no arduo en el sentido de fatigoso o pesado. Ahondando en lo que decía antes, en el primer esbozo de guión utilicé básicamente la intuición, llevaba meses documentándome y conociendo más a fondo la historia y en apenas cuatro días simplemente dejé que saliera. Y la verdad es que prácticamente todo el cómic estaba ya ahí, aparecieron los personajes muy definidos y las interacciones que hay entre ellos. Desde el primer momento apareció, por ejemplo, el personaje de Antón (hijo de un asesinado por ETA) que, a diferencia de los otros dos, no se basa en nadie en concreto ni en ningún hecho concreto, es totalmente inventado y a la vez totalmente fundamental para la historia. Después de ese primer esbozo empezó la tarea de definición y pulido del guión donde sí que puedo hablar de procesos reflexivos y laboriosos ya que ahí no es sólo intuitivo el trabajo, hay mucho trabajo racional en el que, quieras que no, pesa mucho la enorme sensibilidad social que hay en torno a este tema. Reordenar mejor las escenas, quitar las que no aportan a la historia, pulir y matizar otras... En el caso de los caracteres de los tres personajes principales, por ejemplo, fue el de Emmanuel (el preso del GAL) el que más cambió, era más arrogante en el primer guión y según fui avanzando en el proceso su personaje se fue haciendo cada vez más humilde, que era la única manera de empatizar con él y entender su proceso. Con los secundarios me recreé más, usándolos para aligerar o añadir dramatismo al relato. Una vez definidas bien las escenas todavía quedó un trabajo largo de depuración de los diálogos que duró hasta el último día de maquetación. En una obra como esta, en la que los matices son la clave del asunto, usar una palabra o su sinónimo puede suponer una gran diferencia.

Analizar el peso de la culpa, así como de lo no verbalizado y no resuelto son aspectos que tienen una importancia determinante en este trabajo...
Analizar o simplemente mostrar... la culpa, lo verbalizado, lo no resuelto, lo negado que aflora cuando menos te lo esperas... Todo el libro en realidad parte de la idea de que los registros emocionales que tenemos las personas son muy limitados, varían respecto a la intensidad, pero al final todas las personas tenemos las mismas emociones en mayor o menor grado. Lo cual quiere decir que podemos sintonizar con esta o aquella emoción que sienta otro porque nosotros también la conocemos, a pesar de que los hechos que la hayan motivado no tengan nada que ver. Puedo sintonizar con el sentimiento de culpa irreparable de alguien que ha matado porque yo he tenido ese sentimiento de culpa irreparable alguna vez, aunque yo no haya matado a nadie. De ahí por ejemplo las escenas de los sueños de Antón en los cuales él, que es hijo de una persona asesinada, se convierte en asesino. Son sueños reales míos. Por otra parte, aunque el registro de emociones sea limitado, cada uno las vivimos desde lugares muy diferentes y cada uno hace lo que puede con ellas. Por eso el cómic no pretende analizar o dar respuestas, más bien se trata de mostrar, sacar a la luz... El caso del perdón es paradigmático; para algunos les sale solo y les es muy valioso, otros pueden intentar practicarlo a un nivel mental, pero chocan luego con la realidad de sus vísceras, y para otros, sin embargo, no tiene ningún valor. Y no podemos juzgar que unos hagan bien y otros mal.

El proceso de documentación con información de primera mano ha debido ser capital para dar consistencia a la trama, los personajes...
Sí, en esta obra había un elemento novedoso para mí, y es que si en otras obras (sobre todo en Los viajes de Juan Sin Tierra) me había nutrido de mis propias experiencias, en esta me metía en un mundo (el de la cárcel, ETA, el GAL, las víctimas) que básicamente conocía por los medios de comunicación y algunos testimonios de personas no demasiado cercanas a mí. A nivel de proceso creativo ha resultado fundamental poder contar con el feed-back de gente que lo ha vivido de primera mano; gente a la que, por ejemplo, les han matado a un familiar o gente que ha estado en la cárcel. Esas personas me han servido tanto de guías como de correctores: “aquí has metido una conversación totalmente imposible”, “esto de aquí en cambio lo has clavado”, “aquí mejor que corrijas esta expresión”, etc. Era un mundo bastante desconocido para mí y esa parte de corrección externa ha sido fundamental para dotar de verosimilitud al relato y los personajes.

“UNA OBRA DE GRISES”

Con respecto a las decisiones gráficas, ¿has optado por evitar el entintado por alguna razón de peso en concreto?
Sí, es que es una obra de grises. La clave está en la expresión tan manida de que las cosas no son blancas o negras sino grises –con su infinidad de tonos– y eso se tenía que reflejar en los dibujos. Por una parte, creo que unos dibujos con contornos demasiado marcados y definidos no habrían ayudado a contar lo que quiero contar, y por otra parte, tampoco pretendía caer en la experimentación formal exagerada que podía llevar a que la parte gráfica se llevara la atención del lector. El resultado, curiosamente, se puede entender como una continuidad muy evidente respecto a mi anterior cómic (Ometepe), pero lo cierto es que a mí me costó bastante llegar a él. De hecho, si antes contaba que el guión salió totalmente fluido, no me ocurrió lo mismo con los dibujos. Inicialmente quería hacer un dibujo muy básico que me permitiera sacar el cómic lo antes posible, pero no hubo manera, lo de hacer un dibujo muy básico que me permitiera sacar el cómic lo antes posible se convirtió en un obstáculo que lo único que hacía era retrasarlo. Me tuvo bloqueado casi tres meses. Finalmente volví a la técnica que había usado en Ometepe, lápiz y dos tonos de acuarela y... ¡bueno! Ahí estaba.

¿Y por qué, aunque sea como apuntas una paleta muy reducida de colores, te decides a emplear el color en lugar de únicamente negros, blancos y grises?
Quería darle color porque si no la obra se quedaba demasiado plúmbea, y a la vez tampoco quería darle un color demasiado “colorido”. Dos tonos está bien, es lo mínimo, dos tonos que funcionen como contrarios y complementarios (el amarillo y el gris de payne que es muy azulado) y que de alguna manera representan la falsa dualidad en que nos movemos, y digo falsa porque lo cierto es que lejos de ser de un color o del otro, el mundo que nos rodea se compone de la combinación de los colores que haya. Y aquí cada uno otorga el significado que quiera a la palabra “color”. En Ometepe hice lo mismo aunque en ese caso era por mera experimentación narrativa, aquí en cambio el experimento tenía su porqué. Y si en Ometepe los colores jugaban con el frío (gris) y el cálido (siena), aquí los dos son fríos, el amarillo lo quería algo estridente, como de luz de neón, porque no hay mucho lugar para la calidez en esta historia.

Además, hay un anexo final tras la propia trama, un cuento gráficamente distinto aunque complementario en tanto que remite a ella, ilustrado por Leticia Ruifernández, tu pareja en la vida real, que cuenta con una importante trayectoria gráfica a sus espaldas. ¿A la altura de qué parte del proceso del proyecto y por qué razón viste la oportunidad de esta colaboración?
La historia de ese cuento fue algo azarosa. Salió ya en el primer esbozo de guión y estuve tentado de quitarlo una y otra vez por el pudor a que sonara a “Moraleja: ...”, pero lo cierto es que me parece que cierra muy bien el libro, como un apéndice. Subraya algún aspecto que no me importa subrayar una y otra vez y que de hecho remite incluso a Los viajes de Juan Sin Tierra, y es la importancia de darle su justo valor a la construcción de nuestro propio personaje y poder destruirlo de vez en cuando si es necesario. El problema era dibujarlo. Se supone que es un cuento hecho por un personaje que aparece en el cómic, una mujer. Así que me veía en la tesitura de impostar un estilo diferente al mío que tuviera coherencia gráfica con el libro y que fuera de alguna manera femenino. Era una complicación innecesaria, teniendo como tengo todos los días trabajando a dos metros de mí a la mejor acuarelista que conozco, y que encima se ofrecía tan alegremente a ayudarme.

“LA IMPORTANCIA DE CONTRASTAR”

Uno tiene tras la lectura de He visto ballenas la sensación de que has cuidado a conciencia los diversos aspectos del relato que querías contar; se percibe un meritorio tono de “realidad”, verismo... ¿Cómo ha resultado tu trabajo de búsqueda de opiniones, bien durante el proceso, o bien una vez acabado, de personas a las que aspectos de los que se cuenta en tu cómic les puede haber tocado de cerca?
De hecho esa era una de las condiciones que me autoimpuse antes de empezarlo: que tenía que contrastarlo desde el principio con personas a las que la historia les ha tocado de cerca y saber cómo reaccionaban a él. Tampoco se trata de colgarlo en internet y que la gente valore y vote lo que le gusta y lo que no, no he perdido de vista que es una obra de autor, se trata de mi cómic al fin y al cabo. Pero no quería haber incurrido, por descuido, desconocimiento o por error, en algo gratuitamente ofensivo para alguien. De eso no estaré nunca libre, desde luego, cualquier obra humana está sujeta a malinterpretaciones, pero en cualquier caso las respuestas que he recibido de unas personas y otras (dos víctimas de ETA y una persona que perteneció a ETA) a lo largo de todo el proceso han sido enormemente positivas y si he introducido modificaciones después de recibirlas no han sido modificaciones del fondo de la historia ni del tono sino de aspectos concretos.

¿Pensaste en abandonar en algún momento en el sentido de plantearte de que si no llegabas a creerte del todo el relato, lo dejarías correr?
Desde el principio estuvo ahí esa posibilidad. Al principio lo llevaba bastante en secreto porque hasta que no pasara todos los “trámites” que yo me había autoimpuesto no estaba seguro de que el proyecto prosperara, así que no se lo conté a casi nadie. Entre esos trámites estaba una pequeña lista de personas que tenían que leerlo y dar su “aprobado”. Aunque no se lo dije a ninguna de ellas, cualquiera podía haber tenido para mí derecho de veto. Por supuesto la primera criba era la mía, si no me hubiera creído en todo momento y cien por cien el proyecto no lo habría hecho. Hubo un momento, cuando acabé los bocetos a lápiz y empecé con el color, en que ya se despejaron las dudas, pero hasta entonces, sí, el cómic era tan sólo una posibilidad que podía acabar en el cajón de los proyectos.

¿Y qué cuerpo te queda una vez finalizado todo este trabajo, ahora que ves la obra ya cerrada casi dos años después de haberte puesto con ella?
No sé, siento una cierta distancia, como si más que hacer una obra que quería hacer siento que he hecho la obra que tenía que hacer, como si la hubiera hecho por encargo para un cliente inexistente... No sé, es algo raro de explicar. En cualquier caso la leo y releo y no tengo dudas respecto de ella. Es así, así es como tenía que ser. Y me gusta. En un tema como este, con tanta sensibilidad en torno a él, estoy seguro de que cada lector echará en falta algo. Son muchos los temas vitales que lo rodean y no ha sido mi intención exponerlos todos, ni mucho menos. Al final es sólo un cómic, una pequeña aportación, una pequeña ventana abierta a intentar mirar desde otro lado. A veces pienso en los argentinos, con todas sus películas, cómics, libros, canciones en los que aún andan sacudiéndose el fantasma de la dictadura y los desaparecidos, después de todos estos años... Aunque los vascos seamos menos expresivos que ellos está claro que, en ese sentido, tenemos por delante un largo recorrido por hacer.

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